José Ignacio Gracia Noriega, De Transición y copas

Ignacio Gracia Noriega 

La prensa clandestina

El año 1976 supuso la puesta en marcha de un proceso irreversible, en el que los periódicos no legales o permitidos desempeñaron un papel considerable, aunque también lo hicieron los diarios convencionales

El otro día comieron en mi casa Antón Saavedra y Ramón Rañada, y Antón, al echar un vistazo a mi despacho, vio sobre la mesa «La prensa sindical y política asturiana en la transición (1975-1982)», de Carlos Gordon, publicado recientemente por la Fundación Juan Muñiz Zapico y KRK, y echándole un vistazo, al leer las cabeceras de periódicos que figuran en la contraportada -«Unidad», «La Chispa», «Adelante», «El Minero», «Mundo Obrero», «Avance», «Acción Libertaria», «Unidad Popular», «Unidad Socialista», «Xera», «Verdad»-, exclamó:

-¡Hombre!, aquí está «El Minero». Lo escribía yo entero, y, a veces, Pablo el de Barredos.

No era poca cosa que coincidieran en la misma habitación el libro de historia y uno de los personajes que hicieron que esa historia fuera posible. La historia y su autor y personaje, por así decirlo.

Sobre la transición en Asturias se ha escrito poco, quién sabe si porque los que pueden hacerlo no lo hacen y los que pretenden hacerlo, no tienen qué contar. No creo que muchos hayan tenido la curiosidad de llevar diarios, cosa bastante conveniente cuando se están viviendo unas circunstancias históricas tan señaladas como aquéllas. Entre otros, Ramón Rañada conserva un archivo importante, del que he de reconocer que se nutrieron algunos de estos artículos, y Barthe Aza también ha escrito algunas anotaciones personales sobre aquellos sucesos, naturalmente inéditas, pero que amablemente pone a mi disposición. Y están los testimonios de otros amigos que también vivieron muy de cerca aquellos acontecimientos. Pero fuera de los testimonios personales y de los diarios privados, hay algunos libros, como «Las fuerzas del cambio», de Pedro de Silva; «Apuntes de historia FSA. 1901-2001», con trabajos de diversos autores, o el reciente «Emilio Barbón», de Francisco Trinidad. O, tocando la prehistoria, «Las huelgas de 1962 en Asturias», volumen coordinado por Rubén Vega; «Comandante Mata. El socialismo asturiano a través de su biografía», «La comisión socialista asturiana», y «Breve historia del socialismo asturiano», de Adolfo Fernández; «La prensa clandestina en Asturias», de Gabriel Santullano; «Los cimientos no se ven», testimonio de José Alcaide Albajara por Luis Suárez; «La lucha por la democracia en Oviedo», de Juan Fernández Ania, «I Centenario de la Agrupación Socialista de Oviedo», de Adolfo Fernández, José Girón y Gustavo Pardo, las memorias de Portela y «Dos décadas de movimiento cultural y universitario en Asturias», de Luis Alfredo Lobato, libro austero y muy documentado, por el que le debo una disculpa a su autor, ya que en un artículo mío aludí a cierto parecido suyo con monseñor Xirinacs, clérigo catalán que gozó de cierta fama en los primeros tiempos de la transición, y que a Lobato no le pareció bien. Y no veo motivo para silenciar mi libro «Vísperas de nuevo tiempo», como si yo fuera ahora un tratadista de izquierda.

Fuera de estos libros, la mejor información sobre aquella época se debe y puede conseguirse en las hemerotecas. La más destacada era la que proporcionaba LA NUEVA ESPAÑA, en la columna de Vaquero, habitualmente publicada en la página final y que transmitía información de primera mano, ya que la gran preocupación de muchos personajes de la oposición democrática consistía en ser citados en la columna de Vaquero. De manera que en las reuniones políticas se hablaba casi tanto de Vaquero como de estrategias o pactos. Salir en la columna de Vaquero significaba ser alguien en la oposición. Recuerdo los remontes de Juan Luis Vigil cuando leía en LA NUEVA ESPAÑA cosas secretísimas, que en principio sólo sabía él, en su condición de miembro del comité federal del PSOE (que acompañaba siempre a su firma, de la misma manera que Cayetana de Alba firma siempre Duquesa de Alba), y que por magia del periódico pasaban al dominio público. ¿Quién informaba a Vaquero?, se preguntaba entonces el bueno (bueno pero complejísimo) Vigil. Calculo (digo yo) que los que conocían la noticia y estaban interesados en salir en las páginas de los periódicos.

La prensa clandestina era mucho menos rigurosa y fiable. Si bien es cierto que, como decía Juan Benito Argüelles, para enterarnos de que había huelga en Mieres teníamos que leer «Le Monde» (que llegaba a la Alianza Francesa, y para el público en general, al quiosco de Olegario en la calle Milicias con varios días de retraso, y si había huelgas mineras o cualquier otra convulsión, no llegaba). Por la prensa sindical y política tampoco había posibilidad de enterarse de gran cosa, ya que la doctrina y la crítica predominaban sobre la información; y toda aquella prosa espesa y en muchas ocasiones a ciclostil, iba dirigía en un único e inamovible sentido. Aquello era como el pelmazo del internet en la actualidad, que para ponderar la suma utilizada de esa invención tan moderna nos dice que con sólo pulsar un botón se pueden situar mil millones de euros en un banco de las islas Caimán: posibilidad maravillosa (no lo discuto), pero que vale poco para quien no tiene mil millones de euros ni sabe hacia qué rumbo caen las islas Caimán.

En la prensa clandestina, sobre todo en la situada bajo tutela comunista, cuando dejó de escribirse sobre la huelga general, se hizo un gran vacío, que precipitaron los acontecimientos decisivos que tuvieron lugar durante los años 1975 y 1982, que son los que acota Carlos Gordon para su libro, y que debe entenderse como la continuación del profundo y riguroso estudio de Santullano sobre «La prensa clandestina en Asturias», que abarca desde 1937 a 1975. La muerte de Franco supuso la puesta en marcha de un proceso que venía gestándose desde algunos años atrás, de manera que el año 1976 -que la revista «Cambio 16» calificó como «Feliz Año Bueno» en su primer número de aquel año- fue el de la lenta puesta en marcha de un proceso irreversible, en el que la prensa clandestina o sencillamente permitida desempeñó un papel considerable. Aunque estoy convencido de que el papel de los periódicos convencionales (en Asturias, la revista «Asturias Semanal» y posteriormente el periódico «Asturias Diario», que no llegó a vivir un año pero que, dirigido por Graciano García primero y después por Melchor Fernández, tuvo protagonismo en una situación ya casi consolidada; y también la prensa de toda la vida: «La Voz de Asturias» y La Nueva España, que pese a llevar el sello de la Prensa del Movimiento, nunca renunció a la condición de periódico independiente) fue mucho más profundo y su difusión, que era de lo que se trataba, decisiva. En realidad, la prensa convencional asturiana (digámosla así, por diferenciarla de la clandestina, sindical y política) mantuvo formas liberales y críticas de la situación política del momento, con la excepción de «Región», donde dos excelentes periodistas y personas, Ricardo Vázquez Prada y José Antonio Cepeda, «Juan de Neguri», se encastillaron en posiciones «ultras» y futbolísticas, de manera que cuando este periódico, dirigido por Juan de Lillo, intentó adaptarse a los nuevos tiempos, tuvo que cerrar.

La prensa sindical y política que estudia Carlos Gordon en su libro con frecuencia la escribía una sola persona, que también era la encargada de su custodia y difusión. El «Avance», por ejemplo, se hacía en Laviana, y en cierta ocasión llegó a Oviedo con un contenido tan radical que Juan Luis Vigil se echó las manos a la cabeza y dijo que aquello no podía ser y que había que escribir otro número de contenido más moderado. Por aquel tiempo, Vigil, con mucho sentido político y una gran visión de futuro que, por desgracia no fue por ese camino, pretendía formar un socialismo urbano y civilizado, de línea europea y socialdemócrata. La palabra socialdemócrata producía verdaderos sarpullidos entre los viejos militantes, por lo que Vigil se veía en la obligación de explicar que Lenin también se había declarado socialdemócrata. Ya en el Bachillerato le llamábamos «Lenín» a Vigil, lo que no era inconveniente para que fuera visceral y razonablemente anticomunista. Por lo demás, Vigil era de los pocos socialistas de aquella época que habían leído a los clásicos del pensamiento político y tenía una sólida formación política cimentada en lecturas. Lo que no recuerdo es si el «Avance» moderado llegó a distribuirse, aunque sí que pasamos una noche reescribiéndolo.

El «offset» de la asesoría laboral de la calle General Elorza, a cargo de Vigil, aunque Agustín Tomé solía decir que él era el abogado y Vigil el pasante, se empleaba principalmente para hacer panfletos y demás variantes de las hojas volanderas. Tanto Vigil como Barbón se opusieron a una proposición de las JJ SS de hacer pasquines en bable alegando que serían más difíciles de redactar y que tendrían una difusión mínima.

Un caso pintoresco fue la aparición de un «Avance» patrocinado por el PSP con páginas en bable, en el que metieron cuchara Girón Garrote y Antonio Masip, que por entonces todavía era ajeno a las organizaciones socialistas, pero que había conocido en París a Alberto Fernández, el historiador de la participación de españoles en la Resistencia francesa y autor de algunos trabajos sobre el pintor Luis Fernández, al que Masip siempre procuró reivindicar. Alberto Fernández había formado parte del maquis, establecido en las montañas de Saboya, donde se constituían grupos de cinco combatientes, tres de los cuales trabajaban como leñadores, para disimular, y los otros dos eran activistas contra los nazis. El nombre de guerra de Alberto Fernández era «Eliseo».

Posteriormente, y durante su largo exilio en París, Alberto Fernández tuvo la cabecera del «Avance» y, sorprende mente, muy mal informado de lo que sucedía en Asturias, aceptó poner su nombre en el «Avance» anómalo al que me refiero, y al que contribuyó con un artículo (en español, porque no comprendía que se pudiera escribir nada serio -ni nada en general- en bable), en el que, en la última página, reclamaba la unidad de los socialistas. Aprovechando una estancia de Fernández en Oviedo, Luzdivina García Arias y Marcelo García le explicaron durante una comida en el Niza que el PSP no era el PSOE ni parecido. Yo también asistí a aquella comida. Creo que la relaté en otro lugar.

La Nueva España · 23 marzo 2009

 

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