José Ignacio Gracia Noriega, De Transición y copas

Ignacio Gracia Noriega 

La campaña electoral de 1977

Pegadas de carteles, cenas y mítines de líderes políticos en las primeras elecciones bajo la Constitución

La izquierda, que tanto había predicado la abstención en el referéndum de la ley de Reforma Política celebrado el pasado mes de diciembre, se movilizó con entusiasmo digno de mejor causa para votar la misma o parecida idea con cientos de variaciones y matizaciones que dieron lugar a aquella «sopa de letras» de la que tan insistentemente se hablaba para referirse a la multitud de partidos y aun sindicatos y hasta asociaciones vecinales que por primera vez en muchos años concurrían al ruedo de la política democrática. Lo que no dejaba de resultar estupendo e, incluso, emocionante, porque muchos de aquellos partidos, de ganar las elecciones y haber podido poner en práctica su «programa máximo», lo primero que hubieran hecho sería abolir las elecciones libres, como era norma en todos los lugares en los que habían conquistado el poder (por lo general, con la fuerza de las armas antes que de los votos o, más exactamente, por medio de golpes de mano).

La mayoría de aquellos partidos que enseguida se denominarían extraparlamentarios (en rigor, ya lo eran por su espíritu, por lo desmesurado de sus aspiraciones y por el escaso calado popular que tenían sus especulaciones intelectuales más o menos enrevesadas, pero en general más teóricas que prácticas) aprovechaba el altavoz que les proporcionaba el sistema electoral burgués para poder dirigirse al pueblo soberano de manera efectiva y de largo alcance, y, sobre todo, gratuita: que no era lo mismo ni tenía la misma difusión embuzonar pasquines, lanzar octavillas desde un coche en marcha o pegar carteles a altas horas de la madrugada que dirigirse a las cámaras de la TV nacional o publicar en las páginas de los periódicos de la máxima difusión lo que hasta entonces sólo habían podido publicar por medio de vietnamitas, multicopistas o fotocopiadoras. Pero en el pueblo soberano no calaban las sutiles diferencias entre trotskistas y estalinistas, entre chinos y soviéticos, entre la hoz y el martillo vistos de frente y las mismas herramientas vistas de lado. La opinión generalizada era que todos ellos comían de la misma sopa, y, en lo que a la izquierda clásica se refería, sólo se distinguía entre el PC y el PSOE, al que se consideraba como más moderado, aunque de aquélla hacía cuanto podía para ganar en radicalismo y gestos del tipo de cerrar el puño y hacer ondear las banderas rojas y republicanas a los comunistas; e incluso dentro del socialismo se distinguía entre el PSOE de los obreros y el PSP de los intelectuales y señoritos: pues, por su condición de catedrático universitario y por aquellas chaquetas cuadradas que usaba, don Enrique Tierno Galván gozaba de cierto prestigio entre las señoras más encopetadas del franquismo. La derecha, por su parte, no sabía qué hacer, como si no hubiera tenido tiempo de organizarse durante los cuarenta años pasados, y la extrema derecha hacía ademanes amenazadores y aguardaba el golpe militar salvador que nos devolviera a todos al redil. Había otros partidos oportunistas e improvisados, del tipo del proverista y demás, a los que podría aplicárseles lo de no por mucho madrugar amanece más temprano, pues habiendo sido los primeros que se apuntaron a la ventanilla del asociacionismo político, cuando hubo elecciones de verdad se los llevó la trampa.

El 1 de mayo de 1977 (que en las agendas y calendarios todavía figuraba como San José Obrero) todos los actos se realizaron con claro sentido preelectoral. Tanto fue así que Pravia, de la OPI, me comentó que, si el PSOE (en su opinión, un partido centrista) no se moderaba, iba a perder clientela, aunque reconocía que en ese aspecto era más honrado que el PC.

Las primeras elecciones generales de esta democracia se celebraron el 15 de junio de 1977, festividad de San Modesto y Santa Crescencia y miércoles. No hará falta que detalle la actividad frenética de las semanas precedentes. La campaña electoral se inició la noche del lunes 23 de mayo, aunque el día anterior el Centro Democrático había dado un mitin en el Palacio de los Deportes con asistencia de 2.500 personas. Evidentemente, no se trataba de una formación política de masas, sino de un aparato para recoger votos. La noche del 23 de mayo yo había cenado con Antonio Masip en el Niza, por lo que nos unimos a unos regionalistas que pegaban carteles en la fachada del Banco Ibérico. Al dar la vuelta a la Escandalera, junto a Logos, había un grupo de Guerrilleros de Cristo Rey, muy «democráticos» ellos, pues, en lugar de empezar a palos, esperaban a que nos fuéramos para arrancar los carteles. Seguimos calle San Francisco adelante hasta que llegó un individuo que se identificó como policía municipal y candidato de FE de las JONS, que nos dijo que no se podían pegar carteles en aquellas fachadas. No se le hizo caso y los regionalistas siguieron pegando.

El 25, la Pasionaria dio un mitin en Avilés, y en Oviedo se produjo un terrible incidente: un centinela de la Caja de Reclutas dio el alto a tres paisanos que pasaban delante de su garita a las 3 de la madrugada y como no se echaron a tierra, como les ordenaba, disparó y mató a dos de ellos; uno, un hijo de la popular Pixarra. Las autoridades militares reaccionaron reforzando las guardias, y el PSOE envió dos coronas de flores al entierro de las víctimas por iniciativa de Pepín el de Latores.

Los locales del PSOE y de la UGT en el edificio del Alsa parecían casas de locos o espuertas de grillos. Había que hacer de todo, desde ir a Cudillero y a Pravia a alquilar locales para los mítines a repartir por las librerías carteles de un homenaje al novelista Luis Martín Santos que se iba a celebrar en San Sebastián. Martín Santos, autor de «Tiempo de silencio», muerto en accidente de automóvil, había coincidido en la cárcel con algunos socialistas asturianos como Genaro el del Niza, Herminio, Pepe Llagos y Marcelo, que guardaban muy buen recuerdo de él.

Ingentes cantidades de carteles se acumulaban sobre las paredes de las calles céntricas, y los de la ORT o de la LCR aparecían vecinos a los de la candidatura al Senado de Jesús Evaristo Casariego, que proclamaban que el ilustre escritor siempre había defendido Asturias sin cobrar un solo duro, lo que era rigurosamente cierto, sobre todo lo segundo. Y, en cuanto se daba la vuelta, los que venían detrás arrancaban los carteles para colocar los suyos.

Un día íbamos a Soto de Ribera a preparar un mitin con Justina Perales y Fernando, y de paso hacíamos sonar la Internacional por un altavoz, y otro a El Entrego, sentados en la parte de atrás de una furgoneta sobre montones de banderas rojas. El mitin de El Entrego se dio en una sala de fiestas en la que hacía un calor insoportable. Hablaron Ludi, Marcelo, Antón Saavedra y Gómez Llorente, que pidió el voto a la mujer. Ya empezaba entonces la asimilación del feminismo a la izquierda, aunque no sé qué tendrá que ver la velocidad con las témporas. Durante un mitin del notario Rosales y de Rafael Fernández en Llanera alguien del público cantó con música del Ejército del Ebro: «Artilleros al cañón, / y afinar la puntería, / que los fascistas de Aranda / no se rinden todavía». Fue más aplaudido que los oradores.

El 5 de junio, Tierno Galván habló en Gijón y oí contar que el mitin tuvo mucha gracia, porque el profesor habló el primero y, una vez en el uso de la palabra, no la soltó aunque la concurrencia empezó a abandonar el local, lo que dio lugar a la justificada protesta del Roxu, que quiso dejar claro que el PSP no se reducía al compañero Tierno, sino que era una ideología. El día 8, mitinearon primeras figuras: Fraga, en Avilés, y la Pasionaria, en Oviedo, en el Palacio de los Deportes, que estaba lleno hasta rebosar y no quedaba espacio para aparcar un solo coche. Yo fui más que nada por escuchar a un personaje que ya no era futuro, sino historia, de la misma manera que también había ido, muchos años antes, a un mitin de Solís Ruiz en el teatro Campoamor, porque, como decía Vigil, ¿cómo nos podíamos perder aquello que ya no tendríamos la oportunidad de volver a ver? Hablaron el catedrático González Campos (quien, pese a ser «independiente», fue el único de los oradores que cerró el puño; o tal vez por ello), Wenceslao Roces, Ramón Tamames y, finalmente, Dolores Ibárruri. Era una mujer grande, con el pelo completamente blanco, vestida de negro y con unos pendientes de azabache redondos y discretos: parecía una abuela venerable y campesina, pero cuando empezó a hablar produjo la sensación de una mujer de hierro, por encima de afectos y sentimientos. Habló durante un minuto o dos con extraordinaria energía, con voz más fuerte que la de los demás oradores y entonación épica, pero al cabo perdió el aliento y terminó su discurso abruptamente. Durante su intervención se produjo cierta alarma, porque alguien corrió la voz de que se habían visto dos sombras recorriendo la cornisa exterior del Palacio. La Policía acudió inmediatamente y, al hacer acto de presencia, fue ovacionada. ¡Quién lo hubiera dicho seis meses antes!

El día 9, a las 12 de la mañana, hablaron Rafael Fernández y Luis Roca de Albornoz en la Herradura. Ambos se pusieron melancólicos y evocadores. Roca se refirió al Oviedo que había conocido antes del exilio, al «Orfeón Ovetense», a las fiestas populares, a la Universidad, a la Extensión Universitaria y a las casas del Pueblo, a los profesores del «Grupo de Oviedo»: a Clarín, a Buylla, a Posada, a Sela, a Rafael Altamira. Rafael Altamira fue un poco el protagonista de aquella mañana, porque Rafael Fernández también se refirió a él con respeto y pidió que la calle de la Lila volviera a tener el nombre de Rafael Altamira, que se le había concedido durante la República. También recordó a los socialistas de entonces, a Teodomiro Menéndez, a Teodoro López-Cuesta padre, a López Mulero, de quien Rafael había sido secretario cuando Mulero fue alcalde de Oviedo... Gómez Llorente, como estaba en otra onda y era ajeno a ese mundo, se limitó a hablar de regionalismo. Por una vez no era protagonista del mitin. Durante la intervención de Roca, un individuo gritó: «¡Viva Franco!». Roca reaccionó con rapidez: «No pasa nada. Son los que nos tuvieron amordazados durante cuarenta años, que quieren que continuemos en silencio».

Un poco más abajo, en el Parque se oía música. Procedía de un grupo de húngaros que atraían a la gente no politizada sirviéndose de un mono, una cabra negra, una escalera plegable, una trompeta y un tambor. El número consistía en que la cabra subiera la escalera y permaneciera allí; luego, una mujer con un pañuelo rojo en la cabeza pasaba la bandeja.

Aquel mundo estaba a punto de desaparecer, y el de los del mitin de la Herradura, a punto de surgir. Dentro de una semana aquel pueblo que había estado amordazado durante cuarenta años, según Roca, iba a hablar echando sus papeletas en las urnas.

La Nueva España · 20 octubre 2008

 

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