José Ignacio Gracia Noriega, Entrevistas en la Historia

Ignacio Gracia Noriega 

Manuel Suárez,
un indiano con garra

Naviego de familia humilde, se convirtió en un empresario de éxito en México que trató a Pancho Villa, Lázaro Cárdenas, el escritor-bebedor Malcolm Lowry y el pintor Siqueiros

Entre las grandes figuras de la emigración asturiana a las Américas españolas destaca Manuel Suárez y Suárez por su condición excepcional. Si bien todas las figuras de los grandes indianos son excepcionales, la excepcionalidad de Manuel Suárez resalta por haber desarrollado su actividad en una época tan poco excepcional como el siglo XX, en el que parece que ya se habían cerrado los caminos a la aventura y al impulso individualista que no se detiene ante barreras. Y aunque, como escribe uno de sus biógrafos, el doctor Venancio Martínez Suárez, «resulta poco menos que imposible abarcar en un comentario conciso y más aún esquemático, la biografía compleja y multifacética de don Manuel», dejemos que sea él, pese a sus muchos años, quien nos refiera su historia. Como escribió Thomas Carlyle: «La biografía es la verdadera historia». También es la biografía la verdadera aventura, como lo demuestra la de nuestro «entrevistado» de hoy. Al cual encontramos en el «hall» de la casa de su hija Beatriz, en El Pedregal, de Ciudad de México, con el maletín a sus pies, esperando a que llegue su chófer para llevarle a la oficina. Me extraña que en este tiempo de prejubilaciones, de vacaciones continuadas y de «puentes», un empresario de su talla y de sus años continúe trabajando como si estuviera aún forjando su fortuna. Pero como él me dice:

—No basta con forjar una fortuna. Hay que asentarla y conservarla. La gran obra de mi vida había de ser el edificio de 219 metros sobre la avenida Insurgentes Sur, en la Ciudad de México, el más alto de Hispanoamérica. Pensaba convertirlo en un hotel de 1.500 habitaciones. Pero surgieron las dificultades previsibles, que, no obstante, no me hicieron retroceder, y desde entonces he quedado atado a ese edificio como el piloto que trata de mantener a su monstruo en vuelo hasta que encuentra lugar donde aterrizar.

—Sin embargo, a sus años... Porque ¿cuántos años tiene?

—Noventa y uno. Nací el 24 de marzo de 1896, a las 4 de la madrugada, en una humilde casa de labradores, la casa de la Monsa, en el lugar de Téifaros, a tres kilómetros de la villa de Navia. ¿Qué quiere usted? ¿Que a los noventa y un años me retire, como si fuera un funcionario?

—No, desde luego. Si está en lo mejor de la vida...

—¡Claro que sí! Aunque me encontraba bastante mejor hace veinte o treinta años; pero ¿qué le va a hacer uno al paso del tiempo? Son cosas de la vida.

—¿Cuándo decidió emigrar?

—Cuando me di cuenta de que la vida que me aguardaba en Téifaros iba a ser muy dura y sin porvenir. Las propiedades de mis padres eran pocas y escasamente productivas; para empeorar las cosas, éramos diez hermanos. Teníamos dos vacas pintas y un burro, en el que cargábamos el grano para molerlo en el molino de Frejulfe y la leche para venderla en Navia. A ratos perdidos aprendí a leer, a escribir y las cuatro reglas. También debo al maestro don Fructuoso García Mayo que me inculcara la afición a la lectura, que no me abandonó en lo que llevo de vida.

—¿Por qué emigró a México?

—Porque allí se encontraba el tío Joaquín, Joaquín Rodríguez y García Loredo, nacido en Téifaros en 1840 y propietario del rancho Los Chopos, en pleno distrito federal, que abastecía de leche a la mayor parte de la población. Primero emigró mi hermano Joaquín, en 1910. Pero al llegar a México se encontró con dos desgracias: con que el tío Joaquín había muerto y con el estallido de la revolución. A pesar de ello, fue capaz de reunir dinero para costear mi viaje, de manera que en la primavera de 1911 desembarqué en el puerto de Veracruz.

—Y ya en México, ¿qué hizo?

—Trabajar. Primero en la Casa Peral Alverde, un negocio de granos en el que trabajaba mi hermano. Yo, a pesar de mis pocos años, recorrí México, como viajante de esa casa, pero la «bola» (la revolución rodaba por todo el territorio, por lo que no fue raro que en mayo de 1914 fuera detenido por el ejército de Pancho Villa. Lo raro era que no me hubieran apresado antes. Mientras esperaba a que me fusilaran, escribí una carta de despedida a la familia: lo que salvó la vida; porque el carcelero, al verme con la pluma en la mano, avisó a Villa de que uno de los prisioneros sabía escribir, e inmediatamente fui sacado de la cárcel y recibí el grado de teniente coronel.

—¡Qué barbaridad!

—Como se lo cuento, Noriega. En aquellos días, o te tronaban o te hacían teniente coronel de Estado Mayor. Yo tuve esa suerte. Durante un año seguí a Villa, participando en la toma de Zacatecas y en las acciones de Agua Prieta y Cuesta de Sayuela. Finalmente pude cancelar la aventura revolucionaria y regresar a la ciudad de México, donde continué en el negocio de compra y venta de granos. Allí hice algunos ahorros, que me permitieron volver a España en 1918, para matricularme en la Escuela de Comercio de Gijón. De vuelta a México me retiro de la Casa Peral Alverde para abrir con mi hermano Joaquín un comercio de abarrotes rotulado La Mexicana. Poco después compré unos terrenos en Veracruz y en la periferia de la ciudad de México, que resultaron ser buenas inversiones. Y en 1922 adquiero El Lazo Mercantil, una tienda de abarrotes en la calle Uruguay, de México DF.

—¿Y es entonces cuando entra en contacto con el poder político?

—No lo diga así, de manera tan cruda, Noriega. Yo fundé la empresa Eureka, dedicada a la elaboración de cementas y uralitas, teniendo como socio al hijo del presidente de la República, Plutarco Elías Calles. Pero de quién fuera hijo mi socio no tiene mayor importancia. Yo necesitaba un socio capitalista, por así decirlo. No hay que ser mal pensado.

—Es que Calles y su invento, el PRI, huelen a mera corrupción, como dicen ustedes.

—No hay que ser tan extremado, Noriega. Yo no reparo en minucias. Durante la guerra civil de España, yo era partidario de Franco y el Gobierno de México de la República, y ya ve: no por eso nos enfadamos. Porque yo, antes que cualquier otra cosa, soy español. Yo fui el primero y único que se atrevió a levantar una estatua a Hernán Cortés en México, cuando compré el Casino de la Selva, de Cuernavaca, que convertí en el mejor hotel de la República.

—No sé si el mejor, pero sí el más literario. En él desarrolló Malcolm Lowry su gran novela «Bajo el volcán». ¿Qué recuerdo guarda de Lowry?

—Era un gringo borrachón... Ahora dicen que fue un escritor de talento. Pero ya tenía mucho talento para beber. De todos modos, el Casino de la Selva no fue mi único hotel. Por aquellas fechas también compré, y puse a funcionar, el hotel Mocambo de Veracruz.

—Así que empezó a dedicarse al ramo de la hostelería.

—No, porque seguía teniendo Eureka, ahora como propietario y presidente del consejo de administración, y entre 1936 y 1939 compré ingenios azucareros en Sonora, Oaxaca y Tepic, y el ingenio más importante de Sinaloa. Todo esto en la época más virulenta de la reforma agraria y dentro del sector azucarero, que estaba enteramente politizado y en el que funcionaban las bandas de pistoleros con la mayor naturalidad. Había que tener muchas agallas para mantenerse en ese negocio, sobre todo bajo la presidencia radical del general Lázaro Cárdenas.

—¿Cómo fueron sus relaciones con el Gobierno de Cárdenas?

—Difíciles, pero pude resolverlas sin conflictos, aunque era el propio Gobierno del PRI el que patrocinaba el bandolerismo.

—¿No discreparon respecto a Franco?

—Si no consentí que hubiera verdadero enfrentamiento a causa de los ingenios azucareros, ¿íbamos a tenerlo a causa de Franco? Yo nunca le concedí una importancia capital a la política. Podía ser franquista por un lado, pero por otro protegí a un pintor tan comunista como Siqueiros. Y siempre fui antifascista.

—¿Por algún motivo especial?

—Sí, señor. Porque en 1936 viajé a Milán para comprar maquinaria para Eureka, y a la vuelta, los lacayos de Mussolini me robaron una cruz de perlas y brillantes que había comprado para mi hija.

—Después de la presidencia de Cárdenas, ¿mejoraron sus relaciones con el Gobierno?

—Sí, bastante. El presidente Ávila Camacho llegó a ofrecerme en tres ocasiones la cartera de Economía y las tres rehusé. Y con Miguelo Alemán tuve tan buena relación que somos compadres, pues fue el padrino de uno de mis hijos.

—Y durante su presidencia, usted hizo muy buenos negocios...

—Hace negocios el que está atento. Camarón que se duerme, le lleva la corriente. Es cierto que compré once millones de m2 de terrenos baldíos alrededor de Acapulco, que entonces no pasaba de ser un pueblo de pescadores, y tuve la fortuna de que aquella inversión tan arriesgada saliera bien. Acapulco pasó de tener treinta mil habitantes a dos millones y medio.

—Bien. Esta inversión fue un buen negocio. ¿Cómo se puede considerar el proyecto del Gran Hotel de México?

—Como un proyecto ambicioso. Yo quería un edificio que fuera, en el siglo XX, como un equivalente en grandeza a la Gran Pirámide de Tenochtitlán. Se trataba de edificar el edificio más alto de Hispanoamérica, y es un proyecto inseparable del Polyforum Cultural Siqueiros, construido dos años antes, y cuyos murales, ejecutados por el propio Siqueiros, ocupan 8.422 m2. Las cosas, con el Gran Hotel, no salieron como debieran. Pero como dicen por acá, quien no se arriesga, no caza venado.

—Supongo que tendrá mucho más que contar...

—No lo dude.

—Pero carecemos literalmente de espacio. De manera que, si es posible, defínase con una sola frase.

—Sobre mí se han dicho muchas cosas, algunas malas y otras pésimas. Voy a decirle lo que soy. Soy un gánster. Los demás son rateros.

La Nueva España · 7 de noviembre de 2005

 

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